Cómo un hospital de Haití se enfrenta al COVID-19 POR JACQUELINE CHARLES

Fue el peor día desde que Haití, un país muy mal preparado desde el punto de vista médico, confirmó que el nuevo coronavirus había llegado al país. Después de días de una sola cifra y de decenas de aumentos, el número de infecciones confirmadas en apenas un día se disparó a 39.

Estudiando la última actualización del Ministerio de Salud el jueves, Marc Jumlisse, enfermero del Hospital Universitario de Mirebalais, el primer centro médico en recibir a pacientes infectados, solo tuvo una reacción.

“Vamos a rezar”.

Jumlisse, que trabajó durante 12 años como enfermero registrado en Estados Unidos antes de regresar a Haití en el 2010, y el personal médico del hospital Mirebalais luchan a brazo partido contra las mortales infecciones que sabían se acercaban, y que la Organización Panamericana de Salud advirtió podría azotar gravemente a un sistema de salud muy endeble.

En solo una semana, el número de infecciones confirmadas de COVID-19, la enfermedad que causa el virus, se duplicó con creces en Haití. Aumentó de 123 casos confirmados en laboratorio el 8 de marzo a 310 hasta el pasado viernes. Ya para el sábado, la cifra había subido a 48 casos mas, y el domingo el número de infecciones confirmadas alcanzaba los 456. De ese total, 20 personas murieron, cuatro de ellas en Mirebalais.

Aunque el aumento en casos positivos aún no se ha convertido en un diluvio de personas infectadas en Mirebalais, la situación comenzó a tornarse crítica.

A principios de esta semana, varios directores de hospitales privados reportaron un incremento de pacientes que mostraban síntomas severos del virus: problemas respiratorios, tos, fiebre alta. Una agencia del gobierno reportó la muerte de un empleado debido al coronavirus, y confirmó que varios más habían sido examinados, y estaban aislados.

Tras rechazar los rumores de que el virus se había detectado en la población de sus repletas prisiones, el director del sistema de prisiones del país reconoció que la enfermedad se estaba propagando a gran velocidad en la Penitenciaría Nacional. El jueves, los residentes de la ciudad costera de Arcahaie, ubicada a 30 millas al norte de la capital, protestaron luego de escuchar que 75 reos de la prisión localizada en medio de la ciudad habían sido trasladados para tener capacidad para posibles presos con COVID-19.

 Entretanto, el viernes, el director del director del St. Luke Hospital, un centro privado sin fines de lucro que hacía poco había comenzado a recibir pacientes con COVID-19, reconoció que 11 pacientes sospechosos de estar enfermos, habían muerto desde el domingo, tres o cuatro horas después de llegar al centro. El Dr. Marc Edison Augustin dijo también que con personas infectadas con una enorme necesidad de oxígeno, el hospital estaba agotando sus reservas.

El personal de Mirebalais, que queda a dos horas de Puerto Príncipe a través de las montañas de la zona central de Haití, dijo tener un aumento en el número de pacientes sospechosos de estar enfermos, y que en cuestión de días también ellos enfrentarían difíciles decisiones. “Pensábamos en las camas que teníamos, cuántas podíamos tener listas, y a cuántas personas podíamos entrenar ahora”, dijo Jumlisse.

Con pacientes que seguían llegando al hospital para visitas médicas regulares, los recursos empezaron a escasear.

Con experiencia en casos de emergencia y salud pública, Jumlisse, se preguntaba si no estaba ocupando los mejores enfermeros de otros pacientes graves en la unidad de cuidados intensivos para situarlos en el centro de tratamiento del COVID-19.

 Loune Viaud, directora ejecutiva de Zanmi Lasante, la organización no gubernamental que administra el hospital junto a la agencia de Boston, Partners In Health, también comenzó a preocuparse.
Cientos de personas llegaban todos los días, tras viajar seis horas or más en autobuses públicos y en motocicletas para dormir en el estacionamiento del hospital para así asegurar un lugar en la cola para ver a un médico al otro día.

“Cada noche cuando me iba a dormir, pensaba que al otro día me iba a despertar con la noticia de que los casos habían aumentado y nos enviarían más pacientes”, dijo Viaud, que también trabaja en lugares con COVID-19 en St. Marc, Hinche y Belladère, y tiene un equipo que se encarga de hacer exámenes rápidos en el cruce Belladère, en la frontera entre Haití y la República Dominicana.

Según datos de inmigración de la República Dominicana, 25,000 haitianos han regresado al país desde el inicio de la pandemia, lo que ha desatado los temores de que podrían propagar rápidamente el virus, si se piensa en el alto número de infecciones que hay en la República Dominicana, donde el Ministerio de Salud reportó el domingo 12,314 casos y 428 muertes.

Los haitianos han seguido cruzando a pesar del cierre oficial de la frontera. La semana pasada, la cruzaron 1,321 haitianos, de acuerdo con la Organización Internacional de Emigración.

Entre los dos países, hay por lo menos otros 59 cruces, ninguno oficial, y sin vigilancia, en la misma región.

“¿Qué voy a hacer cuando los casos empiecen a aumentar, y qué tiempo podremos resistir?”, preguntó Viaud.

El complejo del COVID-19

El Hospital Universitario de Mirebalais, un centro sin fines de lucro que cuenta con paneles solares, es uno de los cinco hospitales in Haití, designados oficialmente como centro de atención al COVID-19, y donde los expertos médicos estiman van a necesitar por lo menos 9,000 camas de hospital para combatir la infección cuando llegue a su punto máximo.

Juntos, los hospitales tienen menos de 300 camas dedicadas a personas infectadas con COVID-19.

En la actualidad, el Hospital de Mirebalais no es el más grande del país con sus 300 camas, sino quizás el mejor equipado para luchar contra la pandemia, aunque solo tiene 17 camas dedicadas a pacientes de COVID-19.

A diferencia de otros centros médicos, que dependen de un lugar de entrega de oxígeno en un área de Puerto Príncipe controlada por pandillas, el sistema de ventilación de Mirebalais produce su propio oxígeno y utiliza cilindros de reserva si hace falta. Un paciente de COVID-19 podría usar un mínimo de dos o tres cilindros de oxígeno al día.

Desde que el hospital recibió la visita del ministro de Salud el pasado 7 de febrero, y la solicitud pidiendo ayuda para pacientes de COVID-19, y cuando recibió la llamada el 19 de marzo donde se informó que Haití tenía dos casos confirmados y estaban en camino, el personal solo tuvo seis semanas para transformar al hospital.

Trabajando a contrarreloj, de inmediato el personal comenzó a hacer preparaciones, al tiempo que enfrentaba amenazas de la comunidad de que quemarían el hospital si le abría las puertas a pacientes con COVID.

“Tratamos de lidiar con todos estos problemas”, dijo Viaud, que se vio obligado a exigir una presencia policial en el lugar, y le pidió ayuda a los líderes locales.

El centro de tratamiento de COVID-19 era originalmente para pacientes con cólera y serias diarreas, una importante causa de muerte infantil para niños menores de cinco años en Haití. Tiene una unidad de cuidados intensivos para los enfermos muy graves.

El Dr. Benoucheka Pierre, que dirige la unidad, dijo que en el hospital trabajan cinco médicos, cada uno con una especialidad a diferente, asignados a los pacientes con COVID-19. Hay también siete enfermeros, cuatro asistentes de enfermería, y personal de limpieza. Existe igualmente otro equipo con médicos y enfermeros que se encargan de examinar los casos sospechosos.

Dentro de la unidad, los pacientes son separados unos de otros. Los que tienen graves problemas de salud como tuberculosis, por ejemplo, se mantienen aparte en otra área que queda separada por un panel de fibra de vidrio.

En cuanto llegan los pacientes, son evaluados. Se les hacen diversas pruebas y rayos X, y se les da oxígeno, así como medicamentos para tratar el COVID y cualquier otra enfermedad que se les encuentre. Todo es gratis.

Como promedio, la unidad utiliza cerca de 100 unidades de PPEs semanales, y eso es solo porque el turno de la noche trabaja las 12 horas sin salir de la unidad.

“Tratamos de ahorrar lo más que podamos, porque no sabemos qué nos espera”, dijo Viaud.

Antes de que el Hospital St. Luke abriera en Puerto Príncipe y les quitara un poco de presión, el Mirebalais se encargaba de todo, y recibía pacientes que enviaba el ministerio de salud. El mes pasado, cuando los casos aún eran moderados, el personal contó 16 pacientes en 17 de las camas disponibles. Había un caso sospechoso aislado, y otros cinco casos en camino.

La experiencia en Harvard y Paul Farmer

Hasta ahora, el protocolo del tratamiento, dijo Pierre, se ha enfocado más en la terapia con oxígeno que en el uso de un respirador artificial.

Pierre y los otros médicos que cuidan a los pacientes con COVID-19 aprovechan no solo su propia experiencia, sino también la de médicos y expertos de salud de todo el mundo.

Entre otros se encuentran el Hospital Harvard Brigham and Women, el segundo hospital de enseñanza más grande de la Escuela de Medicina de Harvard, de Boston, y su Departamento de de Salud Global y Medicina Social. También dependen de la experiencia del Hospital General de Massachusetts y, desde luego del Dr. Paul Farmer, el mundialmente conocido médico antropólogo y experto en enfermedades infecciosas, que es también el fundador de la agencia Partners In Health.

Farmer y Viaud han trabajado en las primeras línea de combate de que cada epidemia grande que ha azotado a Haití en los últimos 30 años: VIH/SIDA, tuberculosis, cólera, Chikungunya y el Zika.

“El cólera, y el Zika eran epidemias regionales que se propagaron con velocidad cuando llegaron a Haití. El SIDA, por su parte, era una pandemia global que se transmitía con lentitud”, dijo Farmer. “Sin embargo, el COVID-19 es una pandemia global que se propaga sumamente rápida”, añadió Farmer.

Farmer está constantemente hablando por teléfono, dice el personal que trabaja con él, preguntando sobre los pacientes y discutiendo el tratamiento a seguir.

“Es la misma rutina”, dijo sobre la forma que se trata el COVID-19 en comparación con otras epidemias. “Hay que trabajar con protocolos de salud porque el pueblo haitiano cuenta con nosotros”,

“Nunca debe aceptarse como objetivo una segunda posibilidad”, agregó.

No es una batalla fácil. Aunque está funcionando como un hospital público en Haití, donde la construcción de un importante hospital continúa con problemas y está detenida, Mirebalais no recibe ningún fondo del Ministerio de Salud, ya que depende de fondos privados y del respaldo de fundaciones, que en los últimos tiempos han mermado junto a otras donaciones extranjeras para Haití.

Hace poco, la Agencia para el Desarrollo Internacional anunció que le daría $16.1 millones a Haití para ayudar en la respuesta al COVID-19. Ninguna parte de ese dinero irá a Zanmi Lasante.

Por el momento, la organización no lucrativa está administrando con gran cuidado sus reservas de equipos de protección personal, pero se teme que la situación pueda empeorar, dijeron Farmer y otros.

En Haití, Viaud está tratando de contratar más enfermeros y dice estar preocupada, ya que si la enfermedad se propaga aun más, pueda encontrarse con el mismo dilema que enfrentan algunos hospitales en EEUU: obligados a decidir si dedican toda la estructura para pacientes de COVID-19.

Fuente: El nuevo Herald

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