Violentos, crueles y bárbaros

Los más recientes homicidios, agresiones y violaciones en los que han participado haitianos han resultado ser sucesos sobrecogedores, tanto por la intensidad de la ira que descargan sobre sus víctimas, como por la crueldad con que las degu¨ellan o descuartizan.

El último de esos episodios, no condenado todavía por las organizaciones que dicen defender los derechos humanos, ha sido el del niño de tres años Joneury Daniel Encarnación, en Higu¨ey, perpetrado por un haitiano, identificado como Rafael Michael, quien lo estranguló, lo acuchilló y luego envolvió el cadáver, abandonándolo en un costado de la carretera.

Incalificable e inaceptable acto de salvajismo contra un niño inofensivo que la justicia dominicana debe castigar ejemplarmente, de la misma manera en que también le cabe a la especie de cohorte criminal que integran haitianos ilegales, cuyas fechorías en el país se han hecho cotidianas y únicas en sus grados de salvajismo.

No solo están prestos para descargar violencia con piedras, palos o machetes contra sus víctimas, sean dominicanos o sus propios compatriotas, sino que pasan por alto, por ignorancia o prepotencia, normas de convivencia y comportamiento en vecindarios o en las vías públicas, haciendo cosas que ni siquiera los dominicanos de poco pudor se atreven.

Estos componentes de crueldad en sus reacciones frente a otros seres humanos, no importa si son niños inofensivos como Joneury Daniel Encarnación, o mujeres como la dama productora de bananos María de los Ángeles Díaz Muñoz, de Valverde, dejada casi en estado vegetativo por las cuchilladas que le dieron en el cráneo y en el cuello, resultan inquietantes en una sociedad no acostumbrada a tales actos de barbarie.

Con el mismo sello figura el ataque furioso de un haitiano ilegal, enamorado despechado, identificado como Jeffry, contra la adolescente Fausta Antonia Sena García, mejor conocida como Cielo, del sector Pedro Brand, a quien le cercenó un brazo con un machete en mayo pasado.

La extensa cadena de episodios de este tipo en los que intervienen haitianos está sobrepasando los límites de una inexplicable tolerancia de las autoridades, que suelen escudarse en el pretexto de que, al ser indocumentados, les resulta difícil perseguirlos y apresarlos, porque huyen a Haití, su mejor refugio.

Pero lo más preocupante es la facilidad y libertad que sienten para agredir, matar, atracar, violar o burlar las normas legales y las costumbres del país, a sabiendas de que su localización es un rompecabezas para las autoridades, pasando por alto que en definitiva se trata de actos de irrespeto que ningún otro país permitiría ni perdonaría a los inmigrantes.

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