Ponen en pie la “Pequeña Haití” en Tijuana

Haitianos fundan una “Pequeña Haití” en suburbios de Tijuana. Se encuentran en refugios, iglesias que ahora empiezan a ser villas y anuncian su permanencia en la ciudad por lo menos los siguientes cuatro años.

Desde mediados de 2016 miles de haitianos llegaron a Baja California con el propósito de encontrar refugio bajo el programa humanitario de Protección Temporal de Estados Unidos. Sin embargo, fueron avisados del plazo vencido para hacer válido el programa, por lo que desde entonces cerca de 20 mil haitianos permanecen varados en dicha entidad y han sido desalojados de los albergues temporales.

El antecedente a esta situación es la extrema pobreza en la que viven miles de haitianos, cuestión que se vio doblemente afectada por la política del gobierno y sus consecuencias políticas y sociales, tras el terremoto de 2010. Se suma además el endurecimiento de las políticas migratorias de Estados Unidos con la gestión de Barack Obama y que continúan con Donald Trump.

Luego de ser desalojados de los albergues temporales por el plazo vencido, los isleños no tienen otra opción que permanecer en Tijuana hasta que el mandato de Trump termine, para continuar su camino hacia Estados Unidos. Así, aseguran que no pretenden regresar a Haití, pero tampoco buscan quedarse en México, donde el gobierno de Peña Nieto también ha reforzado sus políticas migratorias contra cubanos, haitianos y centroamericanos.

En Tijuana, algunos haitianos han conseguido empleo principalmente en empresas de construcción, mantenimiento, en establecimientos; se emplean también como personal de limpieza, son obreros de maquiladoras, cocineros en fondas, también se les puede ver en los cruceros limpiando vidrios y entregando publicidad; son siempre empleos temporales y, sin duda con los peores sueldos que difícilmente rebasan los mil 200 pesos a la semana.

“Las empresas abusan, no nos dejan trabajar de manera formal y nos pagan menos que a los mexicanos”, asegura un migrante. Estoy trabajando con un grupo de abogados como intérprete y me han enseñado sobre leyes migratorias y la situación que tenemos es grave”, agregó.

La vida en la “Little Haití”

La organización de la llamada “Pequeña Haití” o “Little Haití” esta a cargo de apenas unas cuantas decenas de haitianos que empezaron a refugiarse en la iglesia Embajadores de Jesús en El Cañón del Alacrán; un lugar en medio de dos cerros, impregnado de olores fétidos provocados por desagües de drenaje y rancherías con crías de cerdos.

Las construcciones de la villa han empezado con casas de madera y láminas de cartón, en una localidad que la Unidad Municipal de Protección Civil considera zona de alto riego, sin servicios de agua y energía eléctrica. Para llegar a “Little Haití” es necesario “bajar la rampa” -como los tijuanenses le llaman-, una pendiente empinada con varias curvas más peligrosas que la carretera de La Rumorosa: súlo tiene un carril de ida y otro de vuela, y corre paralelo a un canal de aguas negras.

Una vez abajo, se encuentra un camino de más de tres kilómetros de terreno pedregoso con arena suelta que impide el acceso de algunos vehículos. Los haitianos tienen que recorrerlo al menos dos veces al día para ir a trabajar. Pero también es el lugar donde al menos 15 bebés de padres haitianos han nacido en Tijuana en este año, ya que 47 mujeres haitianas llegaron o se han embarazado.

Estos no son los únicos riesgos de vivir en la villa. Por si fuera poco, personas que apoyan la construcción de Little Haití son el blanco de amenazas y acciones racistas. “Todos los días hay gente que me está insultado por teléfono, a mi familia por lo que estamos haciendo, ellos argumentan que no deberían estar ellos aquí, yo pienso que son gente racista y hablan todo tipo de insultos porque los estamos ayudando”, explicó Kiko, el pastor de la Iglesia Embajadores de Jesús, Gustavo Banda Aceves.

Mientras estas son las condiciones en las que los haitianos ponen en pie su villa en Tijuana, los que permanecen en el país caribeño han reiniciado movilizaciones y jornadas de protestas para reclamar el pago de un salario diario de 800 gourdes (12,88 dólares) para los operarios de plantas de productos textiles para exportación.

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